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Un amplio horizonte

Por Delfín Colomé, Doctor en Estética de la Danza. Crítico.
Un amplio horizonte

La historia ha confirmado, en múltiples ocasiones que, cuando el arte se encuentra en un callejón sin salida, la tecnología acude siempre en su auxilio. Así sucedió con la literatura, cuando a principios del siglo XV Gutemberg perfeccionó la imprenta. O con la música en los siglos XVII y XVIII, cuando los instrumentos (su propio denominación refleja ya su naturaleza tecnológica) musicales se desarrollaron de forma notable.

Todavía no tenemos la perspectiva suficiente para saber qué habrá aportado la eclosión de la tecnología informática al mundo del arte; pero en vista de cómo ha penetrado en nuestra cotidianeidad, en nuestro trabajo, en nuestro ocio e incluso en nuestra intimidad, todo hace suponer que no será poco.

Personalmente, suelo decir que mi vida cambió desde que utilizo el ordenador. Y no es una boutade. Sin ser un geek desenfrenado, soy de los que creen en el invento y que, además de usarlo en el presente, estoy convencido de un instrumentalidad  -vuelvo al término- para asegurarnos un mejor futuro.

Y ya que el INAEM del Ministerio de Cultura ha tenido la excelente idea de crear un Portal de la Danza, me sumo con gusto a su marco para hacer algunas reflexiones sobre danza e informática.

¿Cómo puede la informática acudir en auxilio de la danza?

Pues, al menos, de cuatro maneras.

En primer lugar, con respecto a la información. Nunca un bailarín –o un coreógrafo, un crítico, un estudioso o un mero aficionado a la danza- ha podido acceder, con menos esfuerzo y precio a un mayor nivel de información que a base de navegar por la red. Cuando fui Presidente de la Associació de Professionals de la Dansa a Catalunya, marqué como prioridad el desarrollo de un portal que conectara on line a todo el sector, ofreciendo aquello que más pudiera interesarle: publicidad sobre espectáculos, anuncios de audiciones, concursos, convocatorias de subvenciones, ofertas de trabajo o incluso manifiestos de bailarines y coreógrafos contra la guerra de Irak. El portal y el sistema de información de la APDC a sus asociados es, hoy por hoy, un ejemplo a seguir. Y auguremos a este portal, creado por el INAEM, larga vida y una excelente utilidad para todos.

En segundo lugar, en lo que se refiere a la administración de las escuelas o compañías de danza que, para mejor promocionarse, pueden acudir a la creación de portales que arrinconan el farragoso tráfico de books y material de propaganda; y, para mejor gestionarse, a programas tan interesantes como DANCEMANAGER (para la gestión diaria), o PROFILE (una excelente base de datos para artistas, gestores culturales, etc.)

Y, en tercer lugar, para lo que, personalmente, entiendo como piedra de toque fundamental en el uso de la informática aplicada a la danza: su creación.

La cosa viene de lejos. Como expliqué, en 1994, en el Coloquio de Historiadores de la Danza, que la AEHD celebró en Barcelona [el texto completo de mi intervención El ordenador como instrumento coreográfico puede encontrarse en la Revista Cairón –nº 1, 1995], ya en 1964, la Universidad de Pittsburg (con un IBM7070) utilizaba un programa de instrucciones para solos de danza en el que únicamente se manejaban tres parámetros: tiempo, movimiento y dirección.

Sus autores eran la coreógrafa Jeanne Hays Beaman y el programador Paul Le Vasseur. Pese a tratarse de un comienzo humilde, se estaba poniendo en marcha un fenómeno de interacción entre danza y máquina que arrojaría, rápidamente, generosos resultados.

En 1968, en una exposición que el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres organiza en la Nash House, se muestran diversos ejemplos de creación coreográfica asistida por computadora. Sólo un año más tarde, la genial Twyla Tharp, al coreografiar History of the Up and Down utiliza la computadora para seleccionar y combinar una lista de elementos coreográficos que exceden en mucho a aquellos tres primeros parámetros históricos, a los que añade incluso aspectos técnicos como iluminación, colorido, etc.

En la década de los setenta se acelera el proceso. La computadora se relaciona cada vez más intensamente con la creación artística, incluyendo por supuesto a la coreográfica. El arquitecto John Landsdown hace aportaciones muy sustanciales a dicho proceso. También son destacables los proyectos de Michael Noll, que entiende claramente el potencial relacional de la computadora y el arte coreográfico. Pero hay otros precursores notables, como Copeland o Withrow. Todos ellos ponen de relieve un hecho trascendental, al que ya antes de alguna manera aludíamos: las computadoras son tan importantes para el arte de nuestro tiempo, como el desarrollo de la perspectiva lo fue para la pintura del Renacimiento o el de la maquinaria para los espectáculos barrocos.

Tras la enorme difusión de los ordenadores, y sobre todo –como decíamos- de los PC, que llegan a domesticarse totalmente, convirtiéndose en un “electrodoméstico” más, existen hoy numerosos programas sobre danza comercializados, es decir absolutamente accesibles a todo consumidor: CLIP (Computerized Labanotation Instructional Program), COMD (Computer Dance Introduction), MACBENESH (sobre el sistema de notación homónimo), KAHNOTATION (sobre otro sistema de notación), LN (que utiliza el sistema Laban, retomado por Elsie Dunin), LABANWRITER (de nombre suficientemente explicativo) y otros más abiertos como ANIMA, COMPUDANCE 4.0, RANDANCES, y el famoso LIFEFORMS, utilizado por Merce Cunningham para coreografiar sus últimas creaciones.

Estos programas permiten al coreógrafo crear directamente en el ordenador. Es decir, de entrada, algo tan simple como trabajar las coreografías sin los bailarines. Ya sé que esto es algo que a los coreógrafos les parece casi una aberración, pero es lo que hacen los compositores desde siempre: jamás escriben un concierto para orquesta llevándose a la sala de ensayos a los cien miembros de una sinfónica y probando sonidos y combinaciones instrumento por instrumento o sección a sección.

Pero, además, el sistema permite crear no sólo en tres dimensiones, sino utilizando incluso visiones o ángulos inéditos, desde arriba, o desde abajo, como si los bailarines evolucionaran sobre un cristal.

Es decir, el coreógrafo puede crear en la intimidad de su estudio, probando, tentando movimientos, tiempos, desarrollos espaciales. Teniendo además la facilidad de corregir, de recuperar ideas, de archivar aquellas otras que van surgiendo para su posterior utilización. En definitiva de componer, en el sentido más lato de la palabra.

Se trata de una verdadera revolución, de consecuencias impredecibles.

Cuando tiene el trabajo listo, lo muestra en pantalla a la compañía y les da copia del disquete –o se lo manda por e-mail- a cada uno de los bailarines, para que se lo lleven a su casa y lo trabajen en la pantalla de su hogar, como el instrumentista se lleva la partitura a su domicilio para practicar con ella antes de tocar con la orquesta.

Ello altera no sólo el proceso creativo de la danza, sino su proceso productivo: pensemos en el abaratamiento de costos de una producción al minorarse horas de ensayo, alquileres de salas, su calefacción, maestros repetidores, etc. Y un abaratamiento de costos aumenta siempre la capacidad de producción; lo que, a todas luces, resulta en un beneficio sustancial para la creatividad coreográfica.

Consecuencia de esta facilidad creativa es el cuarto y último beneficio que quisiera apuntar: con respecto a la investigación coreográfica y, muy especialmente, la de los historiadores de la danza.

Merce Cunningham dice algo que aquéllos conocen muy bien: “Todo el mundo sabe qué es el agua y qué es la danza, pero su fluidez las vuelve inasequibles”.

Pero el ordenador hace completamente asequible, asible, la danza, en mucha mayor medida que la primera operación de su contención que protagonizaron el cine y, posteriormente, el video. Y, por supuesto, muchísimo más que los venerables y respetados –pero hoy totalmente periclitados- sistemas de notación tradicional.

Esa asequibilidad se refiere tanto al volumen de información, realmente espectacular, como a la velocidad de su localización. Estoy seguro de que con este procedimiento estamos cerrando una difícil página de la Historia de la Danza, basada en muchas carencias propiciadas por la ausencia de información, para abrir un nuevo capítulo en el que la documentación puede llegar a ser absoluta.

Imaginen lo que para los investigadores supondrá, dentro de unos años, sacarse un disquete del bolsillo y decir: Aquí está la obra completa de Pina Bausch. Sin más: así de simple.

Y acabaré con otra cita de Cunningham, pionero en tantas cosas en el universo de la danza: “La tecnología puede abrirnos un amplio horizonte para contemplar la danza y el movimiento de manera que ambos se estimulen y vigoricen”.

¿Qué mejor objetivo que éste?

Delfín  Colomé

Febrero de 2006

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