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Roland Petit. El coreógrafo 
de la existencia

Publicado en Susy Q. Revista de Danza
Roland Petit. El coreógrafo 
de la existencia

El coreógrafo 
de la existencia


La muerte de Roland Petit abre un período de duelo para el ballet neoclásico, que alcanzó con él cimas insospechadas de desarrollo. Obras como El joven y la muerte o Carmen, quedan como el testimonio de su indiscutible talento.


Por Carlos Paolillo



Resulta imposible abordar el ballet del siglo XX obviando el aporte trascendental, tanto de identidad como de universalidad, de Roland Petit. El celebrado coreógrafo francés, que murió en un hospital de Ginebra el pasado 10 de junio a los 84 años por causas no reveladas, recibió como influencia los procesos de transformación de la danza escénica experimentados durante las primeras décadas del siglo XX, que determinaron su concepción del movimiento en sintonía con los valores sociales y culturales de la modernidad. Petit, que había nacido en la ciudad francesa de Villemomble en 1924, figura entre los más reconocidos coreógrafos de la pasada centuria y su obra singularizó los postulados del nuevo ballet que surgía bajo los principios de la libertad y la autenticidad del gesto expresivo. Sergei Diaghilev había trastocado los valores formales de la danza clásica para proponer acciones escénicas deslumbrantes en correspondencia con los nuevos tiempos, violentos y futuristas, que se vivían y de ese ideal se alimentó Petit, que tuvo en el prestigioso coreógrafo e investigador Sergei Lifar un mentor en su tránsito, a principios de los años treinta, por el Ballet de la Ópera de París, institución que le ofreció al unísono férrea tradición y apertura vanguardista.

El legado artístico de Roland Petit es amplio y contrastante. Como creador transitó caminos paralelos, desde el existencialismo como filosofía hasta el musical como expresión escénica y el humor como atractivo recurso, otorgándole un especial carácter al ballet neoclásico ya establecido y convirtiéndose en antecedente de la contemporaneidad. El joven y la muerte (1946, Bach), dueto nihilista cuyo protagonista masculino, representado originalmente por el propio Petit, evidenció la versatilidad interpretativa de los más aclamados bailarines del siglo, Baryshnikov entre ellos, y Pink Floyd Ballet (1972), transgresor experimento que estremeció las bases del neoclásico y permitió que nuevas y amplias audiencias se acercaran al arte de la danza, constituyen dos extremos de una sola y esclarecedora visión de la danza escénica, basada en veneradas convenciones y abierta a arriesgadas exploraciones.
Carmen (1949, Bizet), es quizás la obra de Petit de mayor penetración dentro del imaginario colectivo, ritual icónico de seducción, locura y muerte, que otorgó a Renée (Zizi) Jeanmaire, su esposa, la consagración absoluta como bailarina. Punto de partida inevitable para todas las reinterpretaciones que de este personaje emblema ha realizado la danza universal. Notre Dame de París (1965, Jarre) y La arlesiana (1974, Bizet), a su vez, representan referencias claras de la aportación del coreógrafo a la reconfiguración de un ballet francés de hondo espíritu nacional. Petit fue también un hombre de iniciativas fundacionales. La Ópera de París lo forjó y lo determinó como bailarín, un ámbito del que pronto se separó sin que, en realidad, dejara de formar parte nunca de él. Optó por trazar un camino propio que fue recorriendo a través de las distintas compañías que creó: los Ballets de Champs-Élysées, Los Ballets de París, así como el Ballet Nacional de Marsella, instituciones que generó y gestionó en distintas etapas de su vida creativa y donde realizó la mayor parte de su producción coreográfica.

De los códigos específicos de la danza clásica y de la danza moderna, del Casino de París, Broadway y la televisión. De todo el amplio espectro del espectáculo se nutrió Petit. Su notable obra es claro reflejo de su existencia. El coreógrafo tuvo una singular capacidad aglutinadora que lo hizo relacionarse con contrastadas celebridades: Picasso, Vasarelly y Orson Welles; Fred Astaire, Bing Crosby e Yves Saint Laurent; Nureyev, Fonteyn, Plisetskaya o Baryshnikov. Su obra forma parte de los repertorios de las más destacadas agrupaciones internacionales, siendo importante en los últimos años el Asami Maki Ballet, de Tokio, que lo ha convertido en su especialidad, convocando usualmente como estrella invitada a la destacada bailarina vasca anclada en Alemania Lucía Lacarra, quizá la última gran estrella en tener una sensibilidad tan especial como la que en su día tuvo ZiZi Jeanmarie a la hora de abordar su repertorio.

Quizá esta reflexión hecha por el mismo Roland Petit contenga la esencia de su pensamiento sobre la danza: “Mucha gente sigue bailando como en el siglo XIX. Esto no es bueno, salvo cuando son grandes artistas los que acometen los ballets tradicionales. Lo importante es que un joven coreógrafo haga algo personal e inteligente con la cultura del pasado, porque esa es la base”.

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