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Reflexiones

Para Danza.es, por Miguel Narros.
Reflexiones

Me formé para el teatro en las clases que impartía Carmen Seco en el Real Conservatorio de Música y Declamación que incluían el teatro clásico y el teatro contemporáneo. Después conocí a Luis Escobar que me enseñó un teatro distinto, profesional, culto, con otro refinamiento. Luis fue el aire fresco y la figura decisiva de la maltrecha España de postguerra.

Siempre pensé que a parte de las normas que nos impone la métrica poética, no existía para la palabra una disciplina o una partitura que nos indicara las emociones del ser humano. El actor tenía que crearse su propia partitura para dirigir las emociones correctamente. Esto lo descubrí con la música.

La música es una partitura donde se expresan no sólo las pasiones del ser humano sino también los sentimientos. El actor necesita la música en muchas ocasiones para dar salida a sus propias emociones o a las del personaje que está representando. En la danza (que para mí es una de las artes más completas) las normas no permiten dejar nada a la improvisación, aunque todo parezca improvisado. El movimiento surge de una manera aparentemente natural y espontánea. La técnica, en el mundo de la danza se aprende a base de años de dedicación y de las muchas dificultades que tiene que vencer el bailarín a través de una partitura. Y con su particular partitura ha de expresar, no sólo las reacciones del ser humano sino también la realidad abstracta de las cosas.

En el teatro también existe una realidad abstracta de las emociones, pero esa realidad está a veces muy escondida y es muy difícil llegar a ella.

El cuerpo del danzante ha de estar preparado hasta el máximo para poder expresar (no digo con facilidad) los más mínimos gestos, de una manera aparentemente sencilla. Cuando estás metido en los entresijos de ese mundo te das cuenta de la dificultad enorme que supone.

Los profesionales de la danza están seguros de que el exceso de técnica puede llegar a tensar sus movimientos hasta el punto de anular su capacidad de crear y de sentirse libres. He tratado con bailarines que envidian como envidio yo, la facultad de poder expresarse en un lenguaje distinto al que se han formado. Mi contacto con profesionales de la danza, como Manuela Vargas, me ha enseñado que la mayoría de las veces, el talento natural es más valioso que una depurada técnica. Manuela me ha mostrado en muchas ocasiones, su enorme talento y mi trabajo con ella en el montaje de Medea, fue en este sentido clarificador: todas las sugerencias que se le hacían las transformaba en algo genial y su trabajo llegó a ser de una eficacia y precisión creativa extraordinarias.

Miguel Narros.

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