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No es "a", es "con". Por Analía Melgar

Publicado en la Revista DCO-Danza, Cuerpo, Obsesión Nº 6 `Amor y deseo´. Abril-junio 2006
No es "a", es "con". Por Analía Melgar

No es a; es con

Analía Melgar*


Complétate,
hombre o mujer, que nada
te intimide.
En algún sitio
ahora
están esperándote.

Pablo Neruda, Oda a la pareja.

El amor a la danza como perífrasis que condensa la trayectoria de un artista que deja hasta el hálito en pos de una disciplina cruel y desagradecida es una antigualla romántica. El amor a la danza como desideratum que promueve una concordia universal entre bailarines y coreógrafos del mundo entero – en realidad, enfrentados por disidencias estéticas, es decir, políticas – es casi un chiste. El amor a la danza como erótica de la mirada, eso es una constatación. ¿Por qué, si no, destinar horas y horas en repetidas butacas, viendo tanta nada? ¿Cuál es el impulso para abandonar el cómodo ambiente hogareño, colgarse alguna prenda elegante, desplazarse más de una hora por la ciudad, más de una jornada en avión, y allegarse hasta una remota sala teatral? Las razones son las mismas que para el amor. Es la posibilidad de que lo trascendente suceda, es la curiosidad por averiguar si hoy el curso de la vida va a trastocarse, a sabiendas de que, probablemente, no. Porque el amor es un visitante renuente.

Ahora bien, cuando ese huésped díscolo se presenta, he ahí el quiebre de un destino. Si las vidas son líneas, el amor es el responsable de los ángulos, las torsiones insospechadas de esas trayectorias previsibles. Establecer una comparación con la frecuentación del arte coreográfico supone – como no podría ser de otra manera – similitudes y diferencias. No se trata aquí de aguzar el ingenio para perfeccionar la alegoría, sino de ejecutar la estrategia retórica para dejar planteada, por un juego especular, una poética de la recepción.


La voluntad que azuza la constancia para reincidir en los embates en que el auditorio y la pieza se seducen no sigue las formas del amor filial ni fraternal. No hay lazos de sangre, sino elección. Se parece a las formas de amistad capital, esa amistad carnal donde circula afecto e inteligencia, esas complicidades que nos constituyen, nos determinan, nos estructuran. Soy lo que soy, porque A es mi amigo. La comunión entre platea y artistas se acerca todavía más, casi equivale, a esa otra revolución de a dos: ese amor que embarga y libera a la vez el cuerpo, la voz y la palabra; eso mismo que, a lo largo de los siglos, se llamó “cárcel”, “cadenas”, y “bendición” y “vida”; idéntico vínculo liga a los cuerpos que danzan y a los cuerpos que miran. O, al menos, la motivación para intentar el mutuo descubrimiento es la expectativa de que ese amor tremendo acontezca.

El espectador acude a una cita, engalanado. Entre la confusión de entremezclados estímulos, busca y se busca. En la Babilonia del amor, rastrea a quien comparta su idioma, con la misma ansiedad de aquellos hermafroditas: “… cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas del deseo de entrar en su antigua unidad…. Cuando la una de las dos mitades perecía, la que sobrevivía buscaba otra… De aquí procede el amor que tenemos naturalmente los unos a los otros; él nos recuerda nuestra naturaleza primitiva y hace esfuerzos para reunir las dos mitades y para restablecernos en nuestra antigua perfección” (1). El espectador quiere saciarse de integridad, quiere provocación, respuestas y nuevas preguntas. Las más de las veces regresará, después de una velada infructuosa, a su casa, con la ropa arrugada y la insatisfacción de un flirteo deportivo. Algunas noches, las gloriosas, gritará “¡Eureka!”. Y su vida ya no le será igual. Como cuando conoce el amor. Como cuando se conoce.

En efecto, el espectador mira – spectare – pero también espera, porque tiene esperanza – sperare. Lo que se le ofrece a la vista destila confianza en lo porvenir. El amor/el arte, nunca hecha raíces en el hoy, sino que crece en el vacío, en el deseo que promete completarse siempre en el minuto siguiente. El erotismo del advenimiento es energía vital. En esa energía que circula desde y hacia la escena cuando las partes se atreven, cuando están dispuestas a hacer de ese instante uno fundacional, allí hay amor, renacimiento, clímax, el punto de llegada para una nueva partida. Y ese amor existe por y para la palabra, medio que reconducirá el deseo a la escena, a través de sus múltiples canales. La verbalización pretende atrapar la infinitud de su significación exclusivamente humana. Hace cinco siglos, ya lo sabía una vieja sabia aunque de mala fama: “El deleite es con los amigos en las cosas sensuales y especial en recontar las cosas de amores y comunicarlas: «Esto hice, esto otro me dijo, tal donaire pasamos, de tal manera la tomé, así la bese, así me mordió, así la abracé, así se allegó […]». Este es el deleite; que lo ál, mejor lo hacen los asnos en el prado” (2).

Dejemos, pues, de proclamar el amor a la danza y, en cambio, hagamos el amor con la danza. Lancémonos a buscar la otra mitad, a relatar ese encuentro, a festejarlo mediante el discurso, y a transformar la vida por la transformación del cuerpo. Vayamos a mirar con la esperanza de que hoy suceda la revolución. Lo otro, lo hacen con más habilidad los borricos; el amor, como el arte, es experiencia, diálogo, aprendizaje, conocimiento, verdad (3).



(1) Platón, Simposio (Banquete) o de la erótica, en Diálogos, México, Porrúa, 1996, p. 363.

(2) De Rojas, Fernando, La Celestina, Madrid, Cátedra, 1980, pp. 88-89.

(3) Gadamer, Hans-Georg, Verdad y método I, Salamanca, Sígueme, 1998.

*Analía Melgar es bailarina y danzaterapeuta argentina. Periodista especializada en danza. Licenciada en Letras por la Universidadla Revista DCO-Danza, Cuerpo, Obsesión. de Buenos Aires. 

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