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La necesidad de crear como principio de libertad

Por Santiago de la Quintana, bailarín, maestro y consolidado artista plástico.
La necesidad de crear como principio de libertad

Camino por un hermoso bosque a las afueras de Madrid y descubro infinidad de temas recurrentes, desde las hojas a las ramas o al sin fin de piedras que no dicen nada,  pero tienen su sitio, o el mismo río, que canta alegre, un poco más abajo de donde me encuentro. Me gusta pasear, sentir la tranquilidad que recorre mi alma cuando el espíritu del bosque se ofrece; y pienso... Dos pasos no son nada, pero si los unimos a un conocimiento técnico del cuerpo y a una reflexión sobre el espacio donde los efectuamos, pueden convertirse en el comienzo de un lenguaje, la Danza, con la particularidad de que nos toca a todos de una manera intrínseca, ya que nos transporta a un sentimiento genésico, donde la necesidad de comunicación crea esta nueva forma de expresión.
El cuerpo es el elemento esencial que utiliza el bailarín y su objetivo, la transmisión directa de la emoción que le invita a bailar; lo más difícil, sobrepasar la barrera que existe con el publico. Si lo consigue, el gozo es mutuo ya que el espectador va a participar sin reservas de todo cuanto esta sucediendo en el escenario y el bailarín, a su vez, transportado por una inercia inexplicable, bailará como en una especie de posesión, de la que poco va a recordar, tan solo la dicha de haber regalado un trocito de su corazón. Porque sobre todas las cosas, la danza es amor....
Muchas y maravillosas son las sensaciones que he experimentado bailando sobre un escenario y ahora reaparecen cuando doy rienda suelta a mis emociones en la creación sobre un lienzo. Danza, pintura, arte, el camino a la libertad, la creación.
El impulso que me recorre y el abandono al espacio que me circunda son una invitación a un juego sin sombras, donde la transparencia es la máxima exigida. Un juego donde el corazón late y despierta tomando el pulso del momento y evoca el mundo donde el recuerdo impuso sus raíces. Desde ese árbol, esencial como principio básico, se crea la idea y, con ella, las primeras líneas, la luz y el espacio y, al unirse todas, inician un alto vuelo que se convierte en el cuerpo de nuestra necesidad de crear.
No hay límites, sólo sinceridad como punto de partida para crear una buena obra. El ánimo crece y el esfuerzo dedicado también; es ahora cuando el oficio toma el relevo y la nebulosa se disipa, la obra va tomando presencia. Tan sólo nos queda lo más importante, darle vida.
Es en el tramo final y sin saber bien por qué, cuando aparece ese momento mágico en el que nos sentimos acompañados por algo especial que nos guía, nos dirige y nos descubre los cuatro elementos fundamentales para la resolución soñada. En nuestro abandono obedecemos al éxtasis insospechado que nos recorre por dentro. No existen preguntas ni respuestas, tampoco el ánimo de hallarlas. Tan sólo la gratitud del momento vivido, la satisfacción de poder compartir una parte de nuestra vida.
El arte está inmerso en el proceso, en la disposición y en las circunstancias que nos llevan a la ejecución de la obra. Fundamental es la buena preparación para que la vía de expresión fluya libremente. No existen los errores cuando la entrega es total. La creación tiene que ver con la necesidad de compartir, de amar y de ser amado, de aclarar las miles de preguntas que nos asaltan cada día, de abrir las puertas al secreto de la vida y de vivir en su misterio. De navegar, en definitiva, hacia un puerto de gorriones blancos. Os invito a este viaje.

Santiago de la Quintana

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