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La danza del crepúsculo al amanecer

Por Víctor Manuel Burell, crítico de danza.
La danza del crepúsculo al amanecer

...Desde el principio fue la danza

Desde el nacimiento, el cuerpo, desposeído de todo prejuicio, se despereza desde la sombra a la luz. Como los ojos no ven, y quieren ver, todo el ser busca las formas y el color en un esfuerzo de tensiones y relajamientos.

El hombre, por querer serlo, deambula en su horizontalidad buscando la vertical de su destino. Todos, absolutamente todos, queremos al fin danzar, y el ritmo del corazón y de la sangre son el principio vital de nuestra primera música.

Biológicamente, la renovación celular tiene un punto álgido, puesto que la perfección es el desencadenante eminente de la decadencia. Los veinticinco años son pues la línea divisoria entre el ser y la nada, el símbolo mágico de vivir muriendo, el cero y el infinito a un tiempo para alcanzar de nuevo la horizontalidad definitiva, ahora callada e inmóvil. El tiempo pues es corto.

La danza es de siempre, una constante incluso más allá de lo cultural. Cualquier despertar toma de la misma su liturgia caliente, pues, aunque la muerte se ha danzado, el movimiento rechaza de plano su principal significante: la inmovilidad absoluta. El mármol no danza, danza la carne.

El descubrimiento entre los seres empieza siempre con la bacanal del júbilo, ya que la curiosidad nos arranca del ensimismamiento. La noche es el ambiente propicio para la sutileza de ese juego de tensiones donde, de pronto -aún en la ególatra juventud- nos damos cuenta de que existen los demás y que los necesitamos para abandonar al fin nuestros sueños narcisistas y sus placeres solitarios.

Todo al fin es movimiento “desde” o “hacia”, y con el movimiento -mejor que con el verbo- se nos aproxima a ese mundo oculto de las sensaciones, puesto que el movimiento es mucho más genético que la palabra.

Octubre 21 de 2005, el Príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón, ha hecho entrega de los Premios que llevan su nombre en su vigésima quinta edición. En el Teatro Campoamor de Oviedo se escuchaba como preámbulo el Réquiem de Verdi, porque un réquiem es crepúsculo y es amanecer en el círculo de la vida.

Mezclar una noticia aún reciente con este artículo sobre danza, no es resultado del capricho. Entre los gloriosos nombres de los premiados, y al llegar al capítulo de Arte, nos hemos encontrado con dos mujeres que, perteneciendo a dos generaciones bien distintas, constituyen un orgullo para el baile; ese baile que nos ha hecho derrochar tanta tinta en defensa de sus intereses, casi siempre infructuosamente.

Era hora de que se llegara al fin a este reconocimiento para la que siempre llamé “hermana pobre” de las artes escénicas.

En Asturias, donde se gestó la voluntad de rescate de la Hispania ocupada, el Príncipe recordó que la unión hace la fuerza, animándonos a preservar y a acrecentar con esa unión el inmenso e irrenunciable patrimonio que constituye nuestra responsabilidad histórica. Todo lo allí dicho, embrión para un futuro mejor en lo que a nuestro querido arte se refiere, es aquí trasvasable para la danza a la que servirá el común esfuerzo de sus defensores en cuanto medio de comunicación fuere posible, aunque con poca esperanza de que el gran poder de la televisión se una al empeño.

Cenicienta ha vuelto a su espíritu de cuento de hadas. Ha tenido que ser de nuevo un príncipe el que, calzándole el zapato de cristal, la coloque en su puesto de preferencia. Los teatros públicos tendrían que abrir sus puertas, hoy prácticamente cerradas a la danza, superando así el sonrojo que deberían producirle programaciones como las de El Real, por poner sólo un ejemplo, o la huida de tantos genios del baile que ocupan hoy puestos de excepción en el mundo entero.

La noticia pues fue una magnífica noticia; pero tampoco la perseverancia es virtud española, por lo que confieso mis miedos al futuro no vaya a ser que la hermosa narración termine con la transformación de la carroza en calabaza.

Quiero pues unirme a las oraciones colectivas que devuelvan gloriosos en la resurrección a nuestros seres queridos, apostando por que el réquiem del amanecer nos haga olvidarnos del réquiem del crepúsculo... y el bailarín será el único artista que pueda decir: no soy de este mundo puesto que soy de antes del Mundo mismo.

 

VICTOR M. BURELL

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