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El cisne agoniza

Publicado por Koldo Domínguez en Hoy.es, 3 de noviembre de 2013
El cisne agoniza

La SGAE ha dado la voz de alarma esta semana y ha agitado las aguas del lago de Tchaikovsky: «La danza está en serio trance de desaparición». Bailarines, compañías, administraciones y coreógrafos analizan los «peligros» del sector

Pekín, el pasado viernes. El Ballet Nacional de España pone en escena 'Farruca', 'Bolero' y 'Medea' y enloquece al público del Teatro Nacional, el más importante del país. Las funciones arrasan.

Bilbao, teatro Arriaga, mismo día. La compañía Antonio Gades estrena 'Fuenteovejuna' y logra algo más de media entrada.

Son dos escenas que ilustran el momento actual de la danza en España. Fuera triunfa y llena recintos. En casa gusta y tiene sus adeptos, pero en muy raras ocasiones sus programadores pueden colgar el cartel de 'no hay billetes'. De hecho, la asistencia del pasado viernes al teatro Arriaga puede considerarse todo un éxito para un sector que, según todas las opiniones, atraviesa un delicado momento. La gravedad y pronóstico del enfermo varía según las fuentes consultadas, pero está claro que algo sucede. Algo muy grave. Para muchos, la danza agoniza.

La voz de alarma la ha dado esta semana el Anuario de la SGAE de las artes escénicas, musicales y audiovisuales. «La danza está en serio trance de desaparición», diagnosticó el secretario general de la Fundación SGAE, Francisco Galindo. Sus espectáculos apenas atrajeron a un millón de personas a los teatros en 2012. Bajaron los montajes puestos en escena y cayó la recaudación. Fue un mal año. Otro más. Desde 2007 el sector no para de decrecer. El cisne ya no es feliz en el lago: una simple metáfora.

Según los datos oficiales, en España hay 471 compañías de danza (clásica, contemporánea, urbana, flamenco, folclore) y 274 empresas ligadas al sector. En Euskadi el número no llega a la veintena. Esa es la fotografía 'oficial', la que aparece en el registro. La otra, la del día a día, descubre que apenas una decena de compañías, «como mucho», mantiene un elenco de profesionales con nómina mensual asegurada, con una programación estable, giras... Las más importantes, la Compañía Nacional de Danza (en la foto) y el Ballet Nacional de España (ambas públicas y dependientes del Instituto Nacional de Artes Escénicas y de la Música INAEM). Están también, a un menor nivel, el Ballet de Ángel Corella, LaMov de Zaragoza, algunas formaciones de tamaño medio dependientes más o menos de gobiernos autonómicos -en Euskadi no hay ninguna-... Pero en la inmensa mayoría de los casos se trata de pequeñas formaciones que «intentan sobrevivir con los bolos que les van saliendo», aunque sin estabilidad.

Eso explica que los mayores talentos se vean condenados siempre a la emigración para forjarse una carrera profesional. En Euskadi sobran los nombres: Lucía Lacarra, Asier Uriagereka, Alicia Amatriain, Ander Zabala, Amaya Ugartetxe, Iker Murillo, Itziar Mendizabal, Jon Vallejo, Mikel Jauregui...

«Somos los más pobres»


«Es verdad que estamos mal, pero yo tampoco creo que hay que mandar un mensaje tan pesimista como el de la SGAE. Es que en la danza hemos vivido siempre así; toda la puñetera vida en crisis y bajo mínimos y peleándonos, luchando como animales para conseguir algo». Igor Yebra, el bailarín vasco más internacional, habla con las tripas cuando se le pregunta por este tema. «Siempre estamos callados y la gran mayoría trabajamos fuera y no podemos defendernos. Pero la gente de la danza siempre hemos sido, dentro de la Cultura, los más pobres. Ni siquiera la Cenicienta. Es algo que quedaría muy bonito, pero ni siquiera la Cenicienta. Hemos sido las sobras de las sobras. Y cuando ha llegado la crisis, a quienes más ha afectado ha sido a nosotros», analiza el bailarín estrella de la Ópera Nacional de Burdeos.

Para explicar la situación actual del sector, se puede hablar de 'tormenta perfecta'. La danza siempre ha arrastrado problemas estructurales, como la falta de tirón popular (apenas un 6% de la población va una vez al año a ver una función) y la ausencia de compañías potentes y atractivas. Siempre ha vivido muy atomizada, sin una voz común que articule un mensaje unitario. Un andamiaje un tanto frágil que se apoyaba, para algunos excesivamente, en las ayudas públicas para seguir en pie. «El modelo español para impulsar la danza ha sido siempre el de la subvención. Esto parecía que iba a ser eterno y es evidente que no era así», reconoce Miguel Ángel Recio, director general del INAEM, que tampoco comparte el diagnóstico de la SGAE.

Así que cuando el dinero público ya no llega para subvencionar giras y sostener programaciones, y los teatros se han visto obligados a apostar por los productos culturales más rentables y seguros (teatro, musicales, conciertos) para garantizar taquillas, todo ese andamiaje ha comenzado a temblar peligrosamente. La danza, sobre todo la clásica, ha desaparecido de los pequeños teatros de provincias y sólo resiste en las capitales. «Por eso estamos en esta grave situación. Se nos han caído todas esas estructuras que nos mantenían en pie», explica gráficamente Fernando Saénz de Ugarte, director general de Dantzaz, compañía guipuzcoana con 11 bailarines y que cuenta con una plataforma para facilitar un primer empleo a jóvenes talentos.

Y si la situación ya era «complicada», la subida del IVA cultural al 21% -«algo salvaje, brutal y escandaloso» para Igor Yebra- ha venido a apretar un poco más la mano sobre el cuello del cisne. «Es cierto que lo del IVA es preocupante, pero no sólo para la danza sino para todo el sector. Ha supuesto, junto a los ajustes en las Administraciones, recortes e incluso la congelación de programaciones y el coste directo de las entradas», detalla Emilio Sagi, director artístico del Arriaga, que esta temporada programará diez espectáculos de danza. «En estos momentos creo que somos el teatro público que más danza programa en todo el país», asegura.

Sobre este escenario, en el sector ya se debate cómo salir del foso y volver a la luz de los focos. Nadie cree que los malos augurios de la SGAE se lleguen a cumplir. «¿Desaparecer? Nunca», sentencia Yebra. «Estamos mal pero si te comparas con hace veinte o treinta años, vivimos de lujo. Nunca hemos sido un país volcado en la danza, pero lo que sé es que cuando actúo aquí lleno siempre. Y la gente pide más. No sé lo que ocurrirá en el futuro. Yo haré todo lo posible para que las cosas vayan mejor que cuando empecé».

Desde la Administración central apuestan por «seguir apoyando a las pequeñas compañías» y el INAEM, por su parte, mantiene tres millones de euros anuales para financiar circuitos, giras y conceder ayudas nominativas. Además, ha lanzado el programa PLATEA, dotado con 6 millones, y al que podrán acceder los recintos culturales que al menos destinen a la danza el 25% de su programación.

«El que tiene calidad seguirá»

Desde los propios profesionales ya hay voces que llaman a buscar nuevas fórmulas «amoldadas a la época que vivimos». Jon Ugarriza fue uno de esos jóvenes talentos vascos que tuvo que emigrar en busca de un sueño. Madrid, Berlín, Tokio, Londres... Trabajó en grandes compañías, pero decidió regresar a casa. Fundó una empresa -Masqdanza- y comenzó de nuevo. Y le va muy bien. «No pienso que estemos tan mal, para nada. Estamos en un periodo de transformación, de transición hacia nuevas propuestas más interesantes.

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