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Cien años de La Consagración de la Primavera

Publicado en Susy Q, noviembre/diciembre de 2012, por Carlos Paolillo
Cien años de La Consagración de la Primavera

Este 2013 que se inicia, se celebrarán los cien años del estreno de una de las obras más emblemáticas de Los Ballets Rusos. Repasamos las circunstancias de esta extraña creación, en la que Stravinsky puso el sonido y Nijinsky el movimiento.

Foto: Marie Laure Briane

 

La consagración de la primavera, además de una grandiosa partitura y una coreografía de alto vuelo experimental, constituyó en el momento de su creación un hecho artístico de ruptura que ocasionó escándalo y abrió inéditos caminos en la íntima e inevitable relación entre música y danza. Pocas colaboraciones tan estrechas con resultados iniciales tan discordantes como la obra pensada por Igor Stravisnsky, convertida en insospechados movimientos por Vaslav Nijinsky y promovida por el visionario espíritu de Sergei Diaghlev para su compañía, Los Ballets Rusos. En el parisino Teatro de los Campos Elíseos, el 25 de mayo de 1913, ocurrió el estreno de una pieza hoy considerada como magistral desde el punto de vista musical, a pesar del desconcierto y el rechazo que primero ocasionó. En 1910, Stravinsky concibió La consagración de la primavera a partir de imágenes que le sobrevinieron del sacrificio tribal de una joven como ofrenda a la nueva estación. Diaghilev supo de esas ideas y pronto las convirtió en proyecto para su compañía que ya comenzaba a sacudir los cimientos de la danza escénica occidental. Seleccionó a Nijinsky, intérprete excepcional, pero inexperto en composición coreográfica, a quien le encomendó el descomunal reto de estructurar movimientos a partir de la sobrecogedora música.


Stravinsky venía de componer Petroushka y El pájaro de fuego, creaciones de Mikhail Fokine, factor decisivo del éxito casi inmediato alcanzado por los ballets de Diaghilev. En La consagración de la primavera acentuó con mucho más fuerza el espíritu ritual primitivo que orientaba su obra, asombrosa fusión de elementos populares y sinfónicos. Diaghilev exigía una coreografía tan demandante como la música misma y un atribulado Nijinsky asumió el compromiso. Contaba con bailarines de sólida formación y reveladora expresividad, dispuestos  al experimento, aunque se sintieran confundidos en el proceso de indagación de un novísimo lenguaje sin codificación alguna, sorprendentemente mucho más cercano a la danza libre emergente que al ballet clásico casi agotado.

La primera representación de La consagración de la primavera pasaría a la historia por la intrínseca ruptura que representaba, resultado de una colaboración entre tres personalidades con visiones evolucionadas del arte, y también por la airada reacción de algún sector del público que, con violencia, desaprobó el riesgoso resultado. Como propuesta musical trascendería para siempre. Su danza muy pronto fue descartada, aunque impulsó luego a otros coreógrafos a recrearla. Maurice Béjart y Pina Bausch, cada uno en su estilo, la hicieron perdurable y son incontables los coreógrafos que la han versionado en todo el mundo, desde las más distintas ópticas. Aunque la versión de Nijinsky se perdió para siempre, existe una reconstrucción del original, emprendida por los investigadores norteamericanos Miullicent Hodosn y Kenneth Archer para el Joffrey Ballet, una versión que más tarde fue retomada por Les Ballets de Montecarlo, en la conmemoración centenaria de Los Ballets Rusos.


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